Galicia fue un territorio fecundo para fotografiar el encuentro mágico entre los espíritus y lo ordinario de la vida. Cuando se establece allí en 1959, Ricard oye hablar de una romería muy especial en la provincia de Pontevedra, a cincuenta kilómetros de Vigo, a la que se accede por una carretera secundaria. Allí, dicen, los romeros portan sus ataúdes como ofrenda, pero a diferencia de otros lugares, se introducen en ellos y son trasportados en procesión por sus familiares. Esta romería, que se celebra todos los 29 de julio en la parroquia de San José de Ribarteme, es en honor a Santa Marta, la intercesora ante Jesús por la muerte de su hermano Lázaro. Por eso, a la santa se la considera abogada de todos los que están en peligro de muerte. De ahí los ataúdes y las mortajas con las que se visten los romeros, que fingen esa muerte de la que la santa les ha librado y representan en la iglesia la catarsis de la resurrección.
Terré acudió doce veces a Santa Marta de Ribarteme a lo largo de cuarenta y un años, construyendo uno de sus reportajes más extensos e intensos.